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Todo es mentira: Una simple rayadura lo cambió todo: el supervisor que nunca falla

Cuando tu jefe en la fábrica de congelados nota una rayadura de 2 milímetros en la pared

Lucía Valderrama/13 de abril de 2026/5 min

A las 6:23, en la planta de congelados de La Sirena en Alcorcón, don Anselmo vio la rayadura. No la del suelo, esa era visible, esa cualquiera la veía. Vio la de la pared, la vertical, la de dos milímetros que yo había causado al arrastrar una paleta de merluza el martes pasado, la que pensé que nadie notaría, la que en un almacén de 3.000 metros cuadrados debería perderse como lágrima en océano.

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"En el universo de los supervisores, existen tres categorías de seres: los que revisan, los que vigilan, y yo. Yo habito el vacío entre ambas, con el chándal azul de La Sirena, preguntándome cuándo don Anselmo dejó de ser humano para convertirse en cámara, en sensor, en ese ojo que todo ve y nada perdona."

Lleva cuarenta años en la empresa. Cuarenta años de -20 grados, de cámaras frigoríficas que él conoce mejor que su casa, de cada grieta, cada soldadura, cada condensación anormal en cada tubería de cada pasillo.

Sabe dónde hace frío de más, dónde de menos, dónde el hielo crece en formas que no debería, dónde la estructura gime antes de romper. Es su superpoder. Es su condena.

Es la razón por la que a los sesenta y tres años sigue supervisando, sigue viendo, sigue señalando con el dedo enguantado lo que nadie más ve.

La consulta

He hablado con compañeros. Con mi primo el ingeniero industrial, que habló de patrones, de que cuarenta años en un lugar crean mapas mentales, de que no es magia es experiencia, de que el cuerpo sabe antes que la cabeza.

Incluso con la hija de don Anselmo, que me miró con ojos de quien ha vivido con él, de quien sabe que en casa también ve, que encuentra polvo donde no hay, que corrige platos en el fregadero, que no puede apagar el ojo, que el supervisor es su padre y su cárcel.

Todos coinciden: don Anselmo no descansa. No porque no quiera, porque no puede. El almacén es su extensión, su territorio, su cuerpo frío que siente cuando algo falla. La rayadura que yo causé no es daño, es síntoma. Es prueba de que alguien no cuida, no mira, no siente el espacio como él siente. Y por eso la vio. Porque para él, la pared habló.

Mi terapeuta, Elena, dice que es ansiedad convertida en competencia, que don Anselmo controla el almacén porque no controla su vida, que el ojo que todo ve es el ojo que nada quiere perder. Elena tiene razón. Elena siempre tiene razón.

Pero Elena no ha visto cómo don Anselmo encuentra una fuga de amoníaco en tubería enterrada bajo cajas, cómo huele el peligro antes de que exista, cómo su don es también protección, también cuidado, también forma de que ninguno de nosotros muera congelado o asfixiado o aplastado por toneladas de pescado que se desploman porque nadie vio la grieta, la fisura, la rayadura de dos milímetros que yo causé y que él, él vio.

El veredicto

Anoche soñé que era almacén. Era estructura de frío, era pasillo congelado, era pared que alguien rayaba y yo sentía, yo sabía, yo veía. No tenía ojos. Solo tenía superficie. Y paciencia. Y la certeza de que, tarde o temprano, alguien vendría, dañaría, y yo, yo lo sabría, lo anotaría, lo corregiría, sería don Anselmo, sería el ojo, sería el cuidado que no se agradece, que se odia, que se teme.

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"Desperté con la certeza de que, en algún plano laboral, ya no existo como operario. Existo como daño en potencia. Y que don Anselmo, aunque supervisor, me conoce mejor que yo: sabe que necesito vigilancia, que necesito límites, que necesito esta columna como única forma de decir gracias, de decir que vi la rayadura después de que él la viera, de que ahora la veo todo el tiempo, de que su ojo es mi ojo, de que su frío es mi frío, de que La Sirena es más que empresa es territorio sagrado donde nada se pierde, todo se encuentra, todo se cuida, donde esta columna es mi única paleta, mi única fisura, mi única forma de decir que estuve aquí, que rayé la pared, que lo siento, que sigo, que sigo, que sigo."

Roberto Vega es autor de "Congelados y otras temperaturas". Vive en Alcorcón, donde el frío es trabajo y el ojo es ley, donde todos tenemos un don Anselmo, donde esta columna es mi única cámara, mi única supervisión, mi única nevera.

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¿Quién fue el de la nota?

Roberto Vega es un periodista y escritor madrileño de 37 años que colabora en El Turno de Noche, revista ficticia especializada en cultura laboral y personajes de la industria.

Trabajó tres años en la planta de La Sirena en Alcorcón como operario de almacén antes de dedicarse al periodismo, experiencia que documentó en su libro "Congelados y otras temperaturas" (Editorial Nevera, 2024).

Es conocido en la redacción por mantener contacto con sus antiguos compañeros y por tener una cicatriz en la mano derecha —"un accidente con una paleta que don Anselmo predijo"—.

Su antiguo supervisor, don Anselmo, dice que "el chico era bueno pero distraído, siempre escribiendo en los descansos". Su compañero de almacén, Manolo, dice que "Roberto era el único que hablaba con el frío". Ambas cosas son ciertas.

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